Por ahora es sólo una guerra comercial pero, ¿y si deja de serlo?

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¿Qué pasa si el siguiente paso de la disputa entre Estados Unidos y China es una guerra con armas? Existe una teoría que defiende que las guerras comerciales terminan en guerras violentas.

 

Desde la década de 1930 existe una popular teoría que defiende la existencia de una secuencia específica. Dice que las guerras de divisas con el tiempo evolucionan en guerras comerciales y, luego, terminan en guerras violentas. La historia y el análisis apoyan esta teoría.

Ahora, las guerras de divisas no se desarrollan todo el tiempo; éstas ocurren bajo condiciones específicas y no terminan hasta que ocurre una de estas dos opciones:

 Una reforma del sistema
 El colapso del sistema

Y demasiada deuda y poco crecimiento son las condiciones que propician estas guerras de divisas. Cuando existen estas condiciones, los países devalúan su propia divisa con el fin de generar más exportaciones y trabajos relacionados a éstas, en un intento de arrebatarles crecimiento a sus socios comerciales.

Ahora, el problema con las guerras de divisas es que son juegos de suma cero, o incluso negativa. Si bien es verdad que los países pueden encontrar alivio a corto plazo devaluando sus divisas, también es cierto que, más temprano que tarde, sus socios comerciales harán lo mismo para recuperar control sobre sus propias exportaciones.

Este proceso de devaluaciones al estilo “ojo por ojo” se impulsa a sí mismo. Esto, a su vez, propicia que nadie desarrolle crecimiento real y que la ventaja comercial a corto plazo vaya de un lado al otro sin parar.

Al cabo de unos años, los países se dan cuenta de que las guerras de divisas son simplemente inútiles, y optan por incitar guerras comerciales. Éstas consisten en imponer aranceles disciplinarios, subsidios para la exportación y otros tipos de obstáculos para el comercio.

La dinámica aquí es idéntica a la de la guerra de divisas: el primer país que imponga una sanción tendrá ventaja a corto plazo. Pero las represalias no tardarán en llegar y, debido a que los socios comerciales impondrán sus propias sanciones, aquella ventaja pronto dejará de existir.

Las guerras comerciales siempre tienen los mismos resultados que las guerras de divisas. A la larga, la situación habrá empeorado para todos los involucrados, no importa qué tan convincente sea la ilusión de una ventaja a corto plazo. La deuda excesiva y el crecimiento insuficiente nunca se van.

Al final, las tensiones crecen, se forman bandos y rivales, y empieza una guerra violenta. Lo cierto es que los enfrentamientos bélicos suelen tener, tras de sí, una causa o conflicto económico no tan escondido.

A principios del siglo XX, la secuencia comenzó con una guerra de divisas iniciada en la Alemania del Weimar por medio de una hiperinflación (1921–23). Luego se propagó con una devaluación en Francia (1925), otra en el Reino Unido (1931), una Estados Unidos (1933) y luego otra en Francia y Reino Unido nuevamente (1936).

Mientras tanto, la ley estadounidense Hawley-Smoot (1930) y otros aranceles y leyes similares de parte de sus socios económicos marcaron el inicio de una guerra comercial global.

Todo esto hasta que por fin la guerra violenta comenzó: Japón invadió Manchuria (1931), y posteriormente Beijing y el resto de China (1937); Alemania invadió Polonia (1939) y Japón atacó Pearl Harbor (1941).

El mundo sucumbió ante la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, y el sistema monetario internacional colapsó totalmente, hasta la Conferencia de Bretton Woods.

¿Será posible que hoy en día este patrón se esté repitiendo?

Desgraciadamente, parece que sí. La última guerra de divisas comenzó en enero de 2010 con el gobierno de Obama y sus intentos por promover el crecimiento del país con un dólar débil. Para agosto de 2011, el dólar había alcanzado un mínimo histórico, según el índice de la Reserva Federal. Otras naciones respondieron y, después de 2012, el período del “dólar bajo” fue sucedido por el período del “euro bajo” y el “yuan bajo”.

Una vez más, las guerras de divisas demostraron ser un callejón sin salida.

Y las guerras comerciales acaban de empezar. El jueves 27 del pasado julio, el Congreso estadounidense aprobó una de las sanciones económicas más fuertes de su historia, y se la dio a Trump. El magnate la firmó, aunque sin muchas ganas. Su opinión, de todas maneras, no era importante en esta ocasión; el Congreso y el Senado aprobaron las sanciones con mayorías inmunes al veto. Así que, aunque el Presiente intentara vetar la ley, el Congreso lo hubiera anulado.

Las nuevas leyes dictan que ninguna compañía estadounidense puede unirse a los esfuerzos rusos de explorar el Ártico en busca de petróleo y gas natural. Pero las sanciones no acaban ahí: la ley también dicta que cualquier compañía extranjera que haga negociaciones con Rusia para dicho proyecto de exploración, será expulsada de los mercados y contratos estadounidenses.

Estas nuevas imposiciones representan un riesgo existencial para Rusia, ya que el país tiene una importante dependencia del petróleo y el gas natural para impulsar su economía. El país intenta controlar nuevos descubrimientos con el fin de mantener su posición de quasi-monopolio como el principal proveedor de energía de Europa. Asimismo, necesita la tecnología occidental para superar los desafíos de explorar el Ártico.

En su defecto esta ley incapacita los esfuerzos de Rusia en términos financieros y tecnológicos y, además, debilita su control sobre los mercados de energía global.

Y el país ya prometió que habrá represalias. Pero el contraataque ruso no consistirá de sanciones recíprocas a los Estados Unidos. Rusia ha dicho que golpeará “asimétricamente”. Esto quiere decir que utilizará los medios en los que más dominio tiene, incluyendo ciberataques.

Así que, si despiertas un día sin electricidad y notas que los bancos y la Bolsa están cerrados, puedes agradecerle al presidente Putin y al Congreso estadounidense por comenzar una guerra cibernética y financiera que ninguno de los dos ha podido controlar.

Mientras tanto, la anticipada guerra comercial entre Estados Unidos y China finalmente ha comenzado. Se trata del enfrentamiento con el que el Trump amenazó durante toda su campaña política. No obstante, cuando éste se hizo con la presidencia, no hizo nada con respecto a las prácticas comerciales y monetarias chinas. El mandatario no declaró a China como “manipulador de divisas”, y no le impuso aranceles al acero y al aluminio que se vierte en los mercados de los Estados Unidos y el mundo.

La razón por la que Trump no actuó rápidamente se debe a que quería el apoyo del Gigante Asiático para el enfrentamiento contra el desarrollo de armas nucleares y misiles de Corea del Norte. Si China presionaba a Corea del Norte, entonces Estados Unidos no iría contra China.

Pero China no cumplió su parte del trato. No ha hecho -y no planea hacer- nada con respecto al comportamiento de Corea del Norte y, por eso, Trump no tiene ninguna razón para contenerse ahora. La Casa Blanca ya comenzó a dar rienda suelta a su formidable arsenal de armas comerciales contra China.

El gobierno de Trump ha dejado claras sus intenciones de imponer aranceles al hierro y aluminio chino baratos, además de sancionar al país por robo de propiedad intelectual estadounidense. Posteriormente, se tomarán más acciones con el fin de sancionar a bancos chinos que estén ayudando a Corea del Norte a financiar su programa de armas.

Estados Unidos tiene la habilidad de prohibirle a empresas chinas comprar compañías estadounidenses, gracias a las revisiones por parte de un grupo llamado el Committee on Foreign Investment in the United States (comité de inversión extranjera en los Estados Unidos, literalmente), o CFIUS por sus siglas en inglés. Este comité ya ha bloqueado varias negociaciones chinas y tiene muchas más esperando su turno para revisión.

Para noviembre se espera que Estados Unidos declare a China como un manipulador de divisas, lo que comenzará otro proceso de revisión, a su vez generando nuevas sanciones. El Gigante Asiático no se quedará de brazos cruzados, sino que responderá con sus propias sanciones, impuestos y prohibiciones a la inversión estadounidense en China.

Prepárate para una guerra financiera entre los Estados Unidos y China. Una guerra comercial y de divisas que será un problema para los mercados globales, además de ser un inconveniente para el crecimiento mundial.

Gracias a su increíble volumen de comercio, Alemania también está en el punto de mira en esta guerra. Para Estados Unidos el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica ya es cosa del pasado, gracias a Trump. Él mismo le anunció a Canadá, México y a Corea del Sur que sus acuerdos y tratados necesitan revisión.

Ninguno de estos países se quedará de brazos cruzados mientras Estados Unidos arrasa con sus relaciones comerciales bilaterales. Las represalias están en camino. La guerra comercial a gran escala ya ha comenzado.

El siguiente paso es una guerra violenta con Corea del Norte, lo que inevitablemente meterá a Rusia, China, Corea del Sur y Japón en el asunto. En otras palabras, el equivalente a la Tercera Guerra Mundial.

Como famosamente dijo Mark Twain: “La historia no se repite, pero rima”. Lo cierto es que los sucesos de hoy en día parecen una repetición de lo que pasó en la década del 30.

A medida que las guerras de divisas, comerciales y violentas se desarrollan, se avecinan fuertes sacudidas en los mercados, sobre todo cuando los grandes inversores comiencen a percatarse de la dura situación global.

Saludos,

Jim Rickards

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Acerca del Autor

Jim Rickards

Jim Rickards acumula más de 35 años de experiencia trabajando en banca de inversión en Wall Street. Sus libros “Currency Wars” y “The Death of Money” han copado las listas de los más vendidos del New York Times y actualmente es el editor de Strategic Intelligence, un newsletter sobre finanzas líder en Estados Unidos.