Otro Gobierno; mismos errores

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El rescate a las autopistas quebradas y los planes de construcción de obra pública ponen de relieve que en España se están repitiendo los mismos errores que nos condujeron en el pasado a la mayor crisis en décadas.

La fiesta del gasto público no se detiene.

El viernes pasado el Gobierno aprobó un convenio por el que la Sociedad Estatal de Infraestructuras Terrestres (Seittsa) asumirá la gestión de las autopistas de peaje quebradas. Se estima que con esta decisión el coste para el contribuyente por el rescate de estas autopistas quebradas alcance los 3.500 millones de euros.

Dentro de las autopistas que tendrán que ser rescatadas, destacan las radiales de Madrid cuya construcción data de principios de la pasada década, en plena burbuja de obra tanto pública como privada.

Cuando se licitó la obra de estas radiales, en el acuerdo entre Gobierno y las empresas encargadas de la construcción de estas vías se incluyó una cláusula de responsabilidad patrimonial de la Administración por la que en caso de quiebra o de rescate de la concesión, el Estado se haría responsable.

Este acuerdo era ideal para las constructoras, quienes salían ganando si la licitación generaba beneficios y en caso de generar pérdidas, como así ha sido, podían salir de semejante entuerto sin sufrir el quebranto derivado de ello.

El resultado, como cabía esperar, fue nefasto. El tráfico que registraron estas autopistas no llegó ni al 30 por ciento de lo estimado inicialmente, lo que las hizo inviables prácticamente desde el momento en que entraron en servicio.

Una vez más, estamos ante una situación en la que las ganancias son privadas pero las pérdidas son públicas. Sin embargo, esto solo es así si uno está bien conectado con el poder político como ha ocurrido con el rescate de las cajas o, como en esta ocasión, con el rescate de las autopistas.

El agravio que esto supone para el contribuyente es aún mayor si tenemos en cuenta el plan que anunció el Gobierno el mes pasado para la construcción de 2.000 kilómetros de autovías con un coste estimado de 5.000 millones de euros.

Como si se tratara de uno de aquellos Planes Quinquenales que anunciaba antaño la Unión Soviética, el Gobierno ha sacado pecho con este atracón de obra pública que según afirma generará miles de puestos de trabajo.

Sin embargo, debemos preguntarnos: ¿acaso necesita España más inversión en infraestructuras? ¿No hemos aprendido nada de la burbuja de obra pública que experimentamos en los años precedentes a la crisis?

España es -sin contar con el megaproyecto de Rajoy para construir más autovías- con 15.048 kilómetros el tercer país del mundo con mayor red de autovías solo por detrás de gigantes como China y Estados Unidos.

Ni Alemania con sus famosas “autobahn” supera a la enorme red de autovías española, fruto del delirio de unos dirigentes que en los años anteriores a la crisis se entregaron a una orgía de derroche del erario público.

Con un déficit público crónico -a pesar de que este año se batirá el récord de recaudación fiscal, el gasto público sigue incrementándose sin control- y una deuda que supera el billón de euros, un nivel superior al cien por cien del Producto Interior Bruto, resulta evidente que no necesitamos más inversión pública en infraestructuras.

En España tenemos, independientemente del partido al que pertenezca, una clase política adicta al gasto público. Las razones son varias; en primer lugar porque les da muchos votos.

Cuando se acercan las elecciones, las inauguraciones de plazas, parques y cualquier otra obra de carácter público aumentan notablemente porque el electorado responde favorablemente a ello, sin constatar que ese gasto en realidad lo están sufragando los propios contribuyentes.

En segundo lugar, existe una clara connivencia entre el poder político y las élites empresariales para favorecer un gasto público que engorde la cuenta de resultados de las empresas más dependientes de la concesión de obra pública. No hay más que echar un vistazo a la composición de los consejos de administración de este tipo de empresas para percatarse de ello.

La lectura que queda tras casi una década de crisis, con la consiguiente destrucción de empleo y de riqueza que se ha producido durante estos años, es que no hemos aprendido absolutamente nada.

Han bastado apenas unos pocos años de crecimiento económico para que los dirigentes de este país vuelvan a hacer de la inversión pública la piedra angular de la economía, cuando en realidad estas políticas de gasto solo nos conducen a una mayor presión fiscal para los agentes económicos que de verdad generan riqueza y crecimiento: las empresas privadas y sus trabajadores.

Por no hablar del poder de destrucción que el déficit público crónico y la cada vez mayor deuda pública tienen para la economía, como ya quedó demostrado en la crisis de deuda soberana del 2010-2012; una clase de crisis económica que, sin duda alguna, se repetirá en el futuro.

Un cordial saludo,

Alberto Redondo

Editor

Inversor Global España

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Acerca del Autor

Alberto Redondo

Alberto Redondo es el editor de Inversor Global en España. En su blog podrás descubrir todo sobre la economía y las finanzas en España. Además recibirás consejos sobre cómo sortear la crisis y construir tu cartera de inversiones con éxito.

  • jose

    Efectivamente es una subvención descubierta a las empresas que construyen autopistas. Tanto la condonación de la deuda pasada, como la nueva construcción y la futura privatización.

    Eso significa que estras empresas son muy poderosas, que las puertas giratorias funcionan muy bien y que los teólogos economistas se niegan a pensar y siguen imponiéndonos sus dogmas de fe:

    A saber: que “la obra pública dinamiza la economía”.

    Esto, efectivamente era así en la Europa del siglo XIX, cuyos países tenían una economía poco sofisticada basada en la agricultura y la minería y que se estaba industrializando.

    En ese momento, la excavación de un canal de navegación, el tendido de una linea de ferrocarril o la construcción de un puerto, que se hacía con un ejercito de peones con pico y pala y la financiación era privada, efectivamente movía mucho dinero, buena parte de él se quedaba en la zona (compra de suministros y gastos de los trabajadores).

    Pero es que, además, esa obra publica, que se había hecho porque había demanda (si no, nadie la usaría, la empresa quebraría y los accionistas perderían su inversión), lo que hace es dinamizar la producción de la zona (gracias a la mejora del transporte, que se hace más barato, pueden producir y vender más) con lo que ganan los productores actuales, los futuros y los que viven del comercio de estos.

    Los accionistas son más ricos y pueden gastar más durante más tiempo (hasta que la competencia y la tecnología o la ruina de sus clientes hagan la inversión innecesaria)

    Estas obras publicas fomentan otras actividades: la cría de caballos de sirga en el caso de los canales, el turismo en los pueblos costeros en el caso de los ferrocarriles (que usa la clase media que nace de estas actividades)…etc

    Nosotros ya no estamos en esta situación de ninguna de las maneras.

    Por tanto toda obra pública que se promueva aquí es dinero perdido -como pasó con las obras publicas que hay que rescatar ahora-

    (especialmente si de alguna manera lo paga el Estado: señal de que no va a producir beneficios)

    Ni si quiera el “corredor del mediterráneo” de ferrocarril va a traer tanta actividad económica como se cree.

    Nos hubiera sido mucho más útil, y sí que hubiera fomentado la prosperidad económica, si las autopistas no se rescatasen, los directivos fuesen a la cárcel; y en en caso de los “Bancos” (Cajas de Ahorros con políticos y sindicalistas tomando decisiones), en la cárcel y siendo responsables con todos sus bienes presentes y futuros de sus desmanes.

    Eso era el procedimiento estándar en Inglaterra, la inventora de la Revolución Industrial. La falta de eso es lo que nos condena a que los trabajadores sigamos subvencionado a multimillonarios y a políticos corruptos que no nos representan.

    Por eso mismo estamos condenados a repetir esta estafa una y otra vez.