Vladimir Putin vs. la globalización: ¿Quién va ganando?

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Rusia quizás no sea una potencia futbolística, pero Vladimir Putin nunca ha dejado de mirar la pelota… Y nunca ha sacado de su mente la pizarra de estrategias.

Mientras todos piensan que la ambición de Rusia es la hegemonía global, pocos reparan en que las verdaderas intenciones de Putin son otras: control regional y una serie de estados “aliados” en el este de Europa y Asia central que le puedan dar apoyo estratégico.

Ese apoyo estratégico – la capacidad de sufrir invasiones masivas y sobrevivir gracias a “países barrera”- fue el que permitió a los rusos derrotar tanto a Napoleón como a Hitler, y es el que, en teoría, le permitiría sobrevivir a un bloqueo Euro-EEUU, en caso de un nuevo conflicto mundial.

Putin quiere estar a salvo y ser más poderoso que EEUU. Entender su lógica no es mucho más complicado que eso.

En el siglo XXI, Rusia no lograría una esfera de influencia por medio de la conquista o la subordinación que practicaba el antiguo Imperio ruso o la Unión Soviética. Al contrario, lo conseguiría con lazos financieros cercanos, inversión extranjera directa, zonas de libre comercio, alianzas de seguridad y redes de apoyo político… Es decir, haciendo el mismo trabajo que llevó a la cima a EEUU.

Desde esa óptica, se entiende que la intervención de Rusia en la zona ucraniana de Crimea no fue una iniciativa de Putin, sino como una reacción. Fue una respuesta a EEUU y a sus esfuerzos de atacar Rusia diplomáticamente, exigiendo la entrada de Ucrania a la OTAN. El objetivo de esto, por supuesto, era rodear a Rusia por medio de la OTAN, lo que provocó el golpe en la mesa desde el Kremlin.

Todo esto no es una defensa de las acciones de Rusia en la zona de Crimea. Simplemente se trata de explicar un contexto necesario del conflicto que se está viviendo actualmente en el mundo.

Finalmente, la tensión mundial hoy no es entre EEUU y Rusia, sino entre Putin y la élite liberal global.

Las raíces globales del conflicto

La globalización apareció en nuestros diccionarios en 1990, como consecuencia directa del fin de la Guerra Fría y la reunificación de Alemania.

Por primera vez desde 1914, Rusia, China y sus zonas de influencia podían unirse a EEUU, Europa, los nuevos gigantes asiáticos post guerra -Japón y Corea del Sur- y el tercer mundo – África y Latinoamérica-. En ese momento, nació el mercado financiero global.

La fortaleza de la globalización se basó en fronteras abiertas, libre comercio, conectividad en transporte y telecomunicaciones, mercados de libre entrada global y movilidad de la fuerza de trabajo. Así se mantuvo estable y con éxito desde 1990 hasta 2007.

Entonces, ocurrió la crisis subprime del 2007-2008, provocada por la propia impericia y ambición desmedida de las elites bancarias, que prestaron más dinero del que la sociedad podía pagarles. En ese preciso momento, la globalización exitosa y tranquila se derrumbó.

Irónicamente, la globalización entregó ganancias a corto plazo, a pesar de la calamidad financiera. Esto sucedió porque las mismas élites que crearon el desastre recibieron salvatajes financieros por parte del G-20 en un acuerdo firmado por los entonces presidentes de EEUU y Francia, Bush y Sarkozy, en noviembre de 2008.

Pero a pesar de estos salvatajes multimillonarios, como el de General Motors, la década siguiente a la crisis fue de sombras y depresión. Los índices nunca volvieron a sus alturas pre-burbuja, y hoy en día continúan así.

El poco crecimiento financiero que sí se produjo fue capturado por los grandes grupos económicos y corporaciones, lo que produjo los mayores niveles de desigualdad económica mundial de la historia.

¿Y qué trae la desigualdad? Descontento popular.

Las clases medias y trabajadoras de estos países desarrollados estallaron en ira contra estas élites, y su descontento se transformó en acción política: de ahí vienen movimientos como el Brexit en Inglaterra, la elección de Donald Trump en Estados Unidos, o la aparición de los ultra-nacionalismos de Marine Le Pen en Francia o Gert Wilders en Holanda.

Y el nacionalismo es el máximo némesis de la globalización.

El contraataque del Nacionalismo

Lo que une a estos políticos y sus movimientos es el nacionalismo. Podríamos definirlo como el deseo de anteponer los intereses de tu territorio a los de la humanidad. Significa cerrar fronteras, restringir el libre comercio, fortalecer a los empleados locales y renegar de las asociaciones multilaterales, en virtud de las relaciones bilaterales.

Y entonces, volvemos a la relación actual entre EEUU y Rusia.

Putin y Trump son los nacionalistas más poderosos del mundo. Si ambos se unieran en una agenda nacionalista común, los planes globalizadores de la élite se destruirían.

Esto explica los ataques histéricos y desesperados de la prensa liberal hacia ambos líderes y las iniciativas para enemistarlos.

En el bando contrario se encuentra Europa, representada por la Canciller alemana Angela Merkel y China, con Xi Jinping a la cabeza, ambos con roles muy contradictorios.

Xi Jingping es el más nacionalista de todos los líderes mundiales. Históricamente, a China nunca le ha importado el resto del mundo. Pero actualmente, el país asiático tiene gran desigualdad social y una situación militar frágil, además de un crecimiento estancado. Por ello, necesita apoyo extranjero para asegurar el bienestar futuro de China y su status como potencia. China sería entonces un globalizador a la fuerza.

Por su parte, Angela Merkel si cree en la globalización, pero debe atender el problema inverso: Europa es un nido de descontento social, lleno de culturas ancestrales y orgullosas, que claman más nacionalismo.

Entremedio de todo esto, Putin hace lo que los rusos mejor saben: jugar al ajedrez.

En una década, Putin le devolvió su poder a Rusia, que pasó de ser un gigantesco país despoblado y azotado por el fin de la URSS, a la mayor potencia energética, nuclear, espacial del mundo, además de surtidor de recursos naturales para toda Europa.

Sumado a eso, el próximo año, Rusia organizará la Copa del Mundo, lo que servirá como un lavado de cara y un estreno de esta nueva imagen de marketing ruso: “Somos una potencia mundial desarrollada”.

Si la geopolítica financiera es un juego, Vladimir Putin está a punto de ganarlo.

Ha sido un placer,

Jim Rickards

Para El Inversor Diario

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Acerca del Autor

Jim Rickards

Jim Rickards acumula más de 35 años de experiencia trabajando en banca de inversión en Wall Street. Sus libros “Currency Wars” y “The Death of Money” han copado las listas de los más vendidos del New York Times y actualmente es el editor de Strategic Intelligence, un newsletter sobre finanzas líder en Estados Unidos.