Obama ha atado las manos de Trump

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Estados Unidos está quebrando. No es una opinión o una táctica para asustar, es un hecho basado en la simple aritmética.

El presidente Trump podría tener que enfrentarse a esto tan pronto como el 15 de marzo, cuando termina la última suspensión del techo de la deuda.

La deuda gubernamental está creciendo más rápido que la economía. Si persiste esa tendencia, y eso es lo que las proyecciones oficiales del gobierno indican, llegas a un punto donde los impuestos más altos no pueden cubrir los gastos de intereses, los inversores pierden confianza en el mercado de bonos y una espiral de muerte de mayores déficits y mayores tipos de interés se sale de control.

Esto no significa el fin de Estados Unidos, el fin del mundo. Hay muchas formas de salir de esa espiral. Solo que ninguna de ellas es fácil y todas causarán masivas pérdidas para los inversores no preparados. Las formas de escapar del dilema de la deuda son el default, la inflación, la venta de activos púbicos, un rescate del FMI o alguna combinación de éstas.

El default impone pérdidas inmediatas en los acreedores del gobierno, mientras los tipos de interés suben para representar el aumento del riesgo.

La inflación esparce pérdidas a todos los poseedores de títulos de deuda no ajustados por inflación, incluyendo los depósitos bancarios, las pensiones, contratos a largo plazo y rentas.

Las ventas de activos son una humillación (pregúntale a los griegos). Además, muchos activos estadounidenses no valen mucho para los inversores extranjeros si no pueden ser eliminados, explotados o usados para generar retornos de efectivo por efectivo.

Un rescate del FMI implica que Estados Unidos cedería su control parcial de su economía a una institución global no elegida.

Para entender por qué estos resultados malos están dentro de las posibilidades hay que mirar el ratio deuda estadounidense sobre PIB. ¿Por qué el ratio deuda/PIB es tan importante para entender la inestable situación financiera de Estados Unidos?

La razón es que la deuda no puede ser analizada sola, debe ser comparada con el ingreso disponible para apoyar esa deuda. Estados Unidos hoy tiene 20 billones de dólares en deuda nacional. ¿Eso es alto o bajo? Si el PIB fuera de 60 billones, la mayoría de los economistas dirían que los 20 billones en deuda son bajos y fácilmente manejables. El ratio deuda/PIB sería del 33% (20/60 = 0.33). Pero si el PIB fuera de 19 billones, entonces el ratio deuda/PIB sería 105% (20/19 = 1.05).

Puedes ver esto mejor en el gráfico de abajo. Lo que muestra es el pico de la Segunda Guerra (casi el 121%) y que el ratio actual es de 105%.

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Este gráfico muestra una subida firme de la deuda desde los mínimos del 33% alcanzados en los ‘70 durante Nixon, Ford y Carter, hasta los peligrosos picos del 105% de 2016. La era moderna de la explosión de la deuda nacional empieza con Ronald Reagan y sigue con la administración de Trump.

La política fiscal del período 1981 a 2017 puede resumirse en la frase: alimenta la bestia, mátala de hambre.

La bestia, por supuesto, es el gobierno estadounidense con su voraz apetito de fondos de quienes pagan los impuestos. Alimentar la bestia serían los gigantes déficits y el gasto expandido. Matarla de hambre sería recortar gastos y prudencia fiscal. Esto es amplificado o mitigado por recortes y aumentos de impuestos. Esto empeora los déficits o en algunos casos los mejora de lo que estarían con solo el gasto.

El problema es que esta estrategia ha sido usada por varias administraciones para atar las manos de sus sucesores con resultados mixtos. Es esta dinámica política, combinada con la simple matemática de déficits y crecimiento, la que ha llevado al peligroso estado de Estados Unidos hoy.

La culminación de casi 40 años de irresponsabilidad fiscal (con algunas excepciones) ahora cae sobre Trump. La trampa de la deuda no es su culpa pero tendrá que resolverlo porque está entrando en estado crítico. Una revuelta del mercado de bonos, casi hiperinflación o una implosión de deuda deflacionaria son posibles resultados.

Los masivos déficits del primer mandato de Obama (2009-2013) necesitan ser entendidos en la larga fila de presidentes demócratas progresistas y sus visiones para Estados Unidos. Ni Bill Clinton ni Jimmy Carter colmaron las expectativas de aumento de gasto de los progresistas. Carter fue un conservador fiscal contenido por la hiperinflación. Clinton fue un moderado contenido por los vigilantes de bonos y un congreso republicano después de 1994.

Para cuando asumió el cargo Obama, los progresistas estaban hambrientos y Obama era un progresista. Durante 70 años, de 1946 a 2016, el déficit anual promedio de presupuesto fue del 2,11% del PIB. En contraste, los déficits como porcentaje del PIB para los primeros años de Obama fueron del 9,8% en 2009, 8,7% en 2010, 8,5% en 2011 y 6,8% en 2012.

Hasta 2014 los déficits presupuestarios no volvieron a la norma histórica. Los años de Obama (2009-2017) vieron la deuda nacional más que duplicarse de 9 billones de dólares a casi USD 20 billones. El ratio deuda-PIB se alzó al 105%. Obama produjo la peor combinación posible de déficits masivos, un ratio deuda/PIB en alza e importantes aumentos de impuestos. Esto tal vez habría sido aceptable si la economía hubiera producido el tipo de crecimiento robusto esperado por los neo-Keynesianos. Si la deuda subió 11 billones, ¿dónde estaban los 15 billones de crecimiento agregado que proyectaron los Keynesianos gracias al famoso “multiplicador del gasto”? Nunca pasó.

En cambio, la economía creció a una tasa anual promedio del 2,05% desde el principio de la recuperación de Obama en junio de 2009 hasta finales del 2016. Ésta ha sido la recuperación más débil en la historia de la economía estadounidense.

Hoy Trump se encuentra con este escenario y, si bien quiere expandir el gasto público y el déficit, su margen es muy pequeño. Las consecuencias futuras son muy inciertas para todos los inversores.

Atentamente,

Jim Rickards

Para El Inversor Diario

 

 

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Acerca del Autor

Jim Rickards

Jim Rickards acumula más de 35 años de experiencia trabajando en banca de inversión en Wall Street. Sus libros “Currency Wars” y “The Death of Money” han copado las listas de los más vendidos del New York Times y actualmente es el editor de Strategic Intelligence, un newsletter sobre finanzas líder en Estados Unidos.